martes, 6 de diciembre de 2011

La Mentira


Por Denis María Reyes
Las mentiras ‘piadosas’, blancas o ‘negras’ a fin de cuentas, falsedades son; y llevan en sí –las primaras- aunque ínfima, una cuota de maldad, mientras la otra puede mover el mundo y no precisamente para bien de él.

No hay mentiras, por cándidas que sean, que no dañen a los semejantes; aún cuando se trate de los mitómanos –enfermedad reconocida- mediante la que, unos demuestran su temor; y los otros, buscan la satisfacción personal.
 
Atenidos a los argumentos que definen a los que padecen la patología, habría que aceptar sus invenciones, o al menos tolerarlas, pero cuando se trate de quienes deforman la realidad por el placer de hacerlo, hay que evidenciarlos, pues pueden causar males irreparables.

Con su falta de escrúpulo y de pudor e hipocresía -si se tratase de ‘farsas políticas’- pueden originar un caos sin límites; significar el eclipse de una generación, o de gran parte de ella, así como de todo cuanto la respalda y concierne.

En tanto, una maquinación común en capaz de destruir la estabilidad entre los individuos: en el matrimonio, en las familias, los amigos, los colegas de trabajo o en la comunidad en que se vive, pero peor aún, tarde o temprano sus urdimbres se estrellarán contra sí y develarán su verdadero yo.

Los mitómanos simulan las realidades: unos porque sienten la necesidad de estimación, los otros (los hipertímicos), por jactancia, ligereza o por ansias reprimidas; aunque, sin constituir esto una defensa, el mal puede tener sus simientes en un entorno familiar improcedente, que una vez descubierto, pudiera constituir un paliativo para el enfermo y los embaucados. 

Sin embargo, los que sienten la satisfacción por el engaño a sus semejantes, desmerecen la estima de estos. Los mentirosos conscientes, a veces subestiman a sus interlocutores que, en muchos de los casos, sin ser doctos en la materia, los descubren; y es que, les sobra lo que a ellos les falta: inteligencia.

Los letrados en el tema aseguran que los mentirosos son traicionados por su  propio subconsciente. Cuando mienten, los glóbulos rojos  del entorno de la nariz, se hinchan y les provocan el deseo de rascársela.

¡Créalo! Me causó risa –aunque el tema no la provoca- eso de que la nariz se hincha cuando disfrazamos la realidad. No por casualidad se dice ¡Te va a crecer la nariz! O… ¡Te pasará como a Pinocho! el personajillo principal del libro de cuentos infantiles de Carlo Collodi, escritor italiano.

Análogo, a los mentirosos se les sonroja el rostro; el cuerpo se observa asimétrico, porque su modo de pararse no es recto, de la misma manera que sucede con su fisonomía. La mirada es esquiva y la posición de los pies nunca será hacia el frente, así como su conversación tiene pausas prolongadas entre una y otra idea.

Esas u otras actitudes en los individuos que padecen esa patología, o en los embusteros por placer, los delatan; y si lo duda, observe y sancione por sí mismo.

El falso concepto de que mentimos a quienes queremos para menguar su sufrimiento, se estrella contra la sentencia: la realidad puede doler, es un daño que pasa, pero la mentira siempre estará latente, al acecho  y en cualquier desliz, dará la estocada mortal al cuentista.

Vivir en un mundo de ilusiones daña la psiquis, pero igual nos hace venenosos; y con la perversidad se denigra nuestra condición humana hasta convertirnos en el enemigo o el destructor mayor de la especie -la nuestra-dotada de los sentidos que la sitúan en el trono del reino animal.

Con mentiras destruimos a los semejantes de un pequeño entorno, pero de la misma manera no dejamos piedra sobre piedra en todo un continente. No cabe en mi pecho el dolor que siento cuando miro y veo como se arrastra, se pulla o se descuartiza a un hombre, sin obviar el sufrimiento por la naturaleza toda.
La mentira –reza en el refranero popular- Siempre se pone en contra de quien la inventa…y lo peor -dice otra sentencia- jamás lo dejará en paz.
 6/12/11
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