lunes, 7 de febrero de 2011

Avistando la muerte de un lento nacimiento

Por Denis María Reyes

Si el mundo se acaba en el 2012 no sería  por predicciones intangibles –al menos, así pienso- sino porque el egocentrismo de los hombres no los dejó ver más allá de su efímero presente, ni inferir que su mal modo de vivir dañaba sus días, pero aún más, palidecía las esperanzas del mañana.

Los sabios de la antigüedad, muy distantes del deslumbrante mundo actual, al ver cómo sus semejantes -por poder y caudales- se devoraban, quizás sí, con meros cálculos, dedujeron un cataclismo irremediable para la ya cercana fecha del 2012, y detuvieron ahí su calendario. Y es que no se precisaba de la ciencia para deducir que todo lo que va perdiendo su materia ha de desaparecer.

Un simple ejemplo podría demostrar tal sospecha: tome arroz cocido, compáctelo y forme una esfera; introdúzcale en todo su área algo equivalente a las plantas y todos los recursos naturales que sustentan el planeta; luego, continuamente, extraiga cuanto situó en ella, golpéela, y no se detenga a restaurar nada ¿Qué sucedería? Obviamente llegará el instante en que ocurrirá un desplome total, como en alguna época podría sucederle a nuestro bello mundo azul.

El Big-Bang (gran explosión cósmica de hace unos 15.000 millones de años) –aseguran científicos en sus teorías- impulsó hacia todas direcciones la materia que dio origen a las galaxias, entre ellas, La Vía Láctea y dentro de ésta, al Sistema Solar.

En este último Conjunto está nuestro mundo, cuyo centro es una gran estrella incandescente, el Sol, en derredor del que giran, satélites, asteroides, meteoritos, cometas y los planetas que lo integran.

He ahí el punto que me intranquiliza: el planeta Tierra. Aún caminamos firmemente por él, pero un día puede desaparecer; y tal vez no sea por su edad, sino por el quebrantamiento de las leyes naturales que lo amparan.

Esta Heredad que disfrutamos hoy alcanzó el estado apropiado para la vida tras un largo período de inhóspito ambiente. Había una intensa actividad volcánica que no obstante, por los gases expelidos hacia el espacio, fue condicionando el medio para la aparición de lo que sería luego la capa atmosférica ó “el escudo natural de la vida” como la denominan algunos especialistas sobre el tópico.

Con el transitar de los años, la corteza terrestre comenzaría a estabilizarse, y es entonces que los vapores comienzan a licuarse y surgen los mares, los ríos y con estos la fertilidad de los suelos y las condiciones favorables para la aparición de los primeros seres vivos.

Siglos se necesitaron para llegar a esa estadía, siglos para lograr la fecundidad de un desierto ¡Y mire usted! para recobrar la fertilidad del suelo perdida en sólo un minuto -advierten expertos- se requiere de unos 100 años.

No por casualidad el eminente científico Andrés Voisín dijo que el suelo hace la hierba, la hierba a los animales y éstos al hombre. Y es que, ¿De dónde, si no, viene casi todo lo que le sustenta? Acaso no es de “la piel de la tierra” como han convenido llamarle algunos. 


La tierra, fue incandescente… bien caliente, después… no tenía agua, los volcanes hervían por dondequiera; sencillamente, imposible para la existencia, sin embargo hubo una suerte de cambios que dieron origen a la vida ¡¿Cómo ser tan indiferentes ante las acciones que desde tiempos inmemoriales la han ido destruyendo?!

¿Acaso queremos que el planeta vuelva a hervir?

El mundo puede desaparecer, quizás por una contingencia de la Naturaleza, pero no por eso el hombre ha de empujarlo precipitadamente al abismo, sino, por el contrario, captar las señas, las amenazas avizoradas en los desastrosos eventos naturales que están aconteciendo por estos tiempos. 

Tal vez en el 2012, como algunos deducen… ó en el 24… ó el 60… o en una época que nunca sabremos, pero finalmente la tierra ha de sucumbir; no por preconizaciones fundamentadas en creencias o suposiciones basadas en el cierre del calendario Maya en esa fecha, sino porque los humanos estamos acelerando su deceso.

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